Un paseo por el pasado

    Eran las 13:12 del mediodía. Las nubes se asomaban tímidamente, tapando los rayos del sol que iluminaban el Mercado de Pulgas. Desde afuera, se veía una gran cámara dedicada a José Luis Cabezas, lugar donde muchos se detenían a sacarse fotos, justo sobre la avenida Álvarez Thomas. Pero al cruzar la puerta del galpón, la sensación era la de viajar en el tiempo. 

    Adentro, los pasillos se extendían como laberintos, repletos de objetos que parecían susurrar historias olvidadas. La luz, tenue y dispersa, dibujaba sombras sobre las paredes gastadas y las mesas repletas de muebles antiguos, juguetes oxidados y pinturas que con su olor mareaban. El olor a madera vieja y a polvo mezclado con el aroma de café proveniente de un pequeño puesto cercano generaba una ambiente único. Uno se sentía dentro de un escenario detenido en el tiempo, donde lo nuevo era casi una ofensa.

    Cada pintura, mueble, muñeco u objeto parece guardar secretos. Los vendedores, verdaderos guardianes de esos tesoros, observaban a los visitantes con una mezcla de curiosidad y paciencia, intentando adivinar si llegaban por simple curiosidad o en busca de una pieza especial. Algunos, incluso, parecían tener el don de saber exactamente qué ibas a preguntar antes de que abrieras la boca. 

    Por un lado, una pareja debatía animadamente sobre la compra de una mesa de mármol. Sus voces se mezclaban con los murmullos en otros idiomas que resonaban en el ambiente: italiano, francés, y algunos tonos que no logramos identificar. A pocos metros, una señora de cabello blanco se detenía con cuidado frente a unas pequeñas tazas de porcelana, ordenadas en fila por colores, como si intentara leer la historia que cada una contaba. Se detuvo en una con un dibujo casi borrado, la giró con lentitud y sonrió, como si hubiera encontrado algo que le pertenecía desde siempre.

    Algunos visitantes se paraban a admirar las obras de arte que adornaban las paredes, mientras otros preferían pasear en silencio, dejándose llevar por la atmósfera de aquel lugar. Cada paso parecía guiado por la intuición más que por un mapa. Era imposible no preguntarse quiénes habían usado esos objetos antes, en qué casas habían estado, qué conversaciones habían escuchado esas lámparas, qué miradas habían reflejado esos espejos rajados. 

    La ausencia de gente era evidente, ya que en la semana la gente trabaja. Esto provocaba una sensación de tranquilidad casi solemne. Los vendedores aprovechan para salir a fumar y charlar sobre las ventas de la semana, compartiendo anécdotas y consejos. El ruido ocasional de una bocina o el ruido de una campanita al abrir una puerta vieja rompían el silencio, pero se volvía al ritmo pausado y tranquilo. Parecía que ahí el tiempo obedecía otras reglas, las cuales solo el mercado comprende.

    Más adelante, entre los puestos, nos llamó la atención uno en particular. Llamativo, misterioso, con una vibra diferente. El vendedor, un hombre de mediana edad, vestido con traje oscuro y una camisa blanca perfectamente planchada, nos invitó a acercarnos con una sonrisa amable y una mirada profunda. Su puesto no era el más grande ni el más iluminado, pero tenía ese “algo” difícil de explicar.

—¿Qué es esto? —le preguntamos, señalando una piedra tallada que parecía ocultar símbolos antiguos.

    El hombre sonrió con paciencia, como si estuviera acostumbrado a esa pregunta. 

—Eso que ven ahí es un cráneo —respondió—. Pertenecía a un adolescente de Mongolia. En las aldeas, se venera mucho a quienes sacrifican su vida por los demás. Este cráneo es un símbolo de respeto y memoria. 

    Nos miramos con sorpresa. La idea de tener un cráneo en el puesto, así, sin más, era extraña y fascinante al mismo tiempo. Le pedimos permiso para hacerle una entrevista y grabar sus palabras. Aceptó encantado, con un gesto amable. 

    Nos contó que se dedicaba a la importación y que viajaba por todo el mundo para traer piezas únicas. “Cada objeto tiene su historia”, nos dijo con convicción. Antes de comprar, investigaba el origen y el significado de cada pieza. Nos explicó que el precio no solo se basa en la antigüedad o el estado, sino en la dificultad para conseguirlo y en la importancia de su relato. 

    Mientras hablaba, se notaba el respeto que tenía por esos objetos, como si cada uno fuera un fragmento vivo de otra época. Nos contó algunas anécdotas de sus viajes, las curiosidades que había descubierto y las personas que había conocido en su camino. Mencionó una vez en la que tuvo que dormir en una estación de tren en Eslovenia porque se negaba a dejar una valija llena de esculturas precolombinas con el personal de aduana. 

    Le preguntamos si no le daba miedo tener objetos tan antiguos, con tantas historias encima. Él se rió. 

—Miedo me da el olvido, no el pasado —respondió.

    Nos miramos sorprendidos, con una mezcla de intriga y respeto. Esa conversación le dio un sentido diferente a nuestra visita. No se trataba solo de ver cosas viejas, sino de conectar con historias humanas escondidas detrás de ellas. 

    Le agradecimos por su tiempo, sacamos algunas fotos y continuamos nuestro recorrido por el mercado.

    El Mercado de Pulgas seguía con su ritmo lento, casi como si el tiempo allí tuviera otra medida. Personas que pasaban, tocaban, olían, capturaban momentos. Algunos buscaban algo específico; otros preferían dejarse sorprender. Un señor preguntó por un teléfono de disco “igual al que tenía su abuela en la casa de La Plata”. Otra mujer buscaba “algo” para poner sobre una mesita de luz, sin saber bien qué. 

    Pero más allá de lo visible, todo parecía tener un peso invisible, una historia sin contar. Historias que se esconden en la madera, en el polvo, en la textura de los objetos. Historias que a veces solo pueden ser descubiertas por quienes se animan a mirar con atención y curiosidad. Era como si el mercado te pusiera a prueba: si pasás muy rápido, no ves nada; si te detienes, lo ves todo. 

    Nos fuimos sin comprar nada, pero con la certeza de que esos objetos viejos guardan, quizás, historias más vivas que nosotros. Y con la sensación de que, en algún rincón del mercado, todavía quedaban historias esperándonos.


                                                        Sofía Mindel, Gonzalo Mesch, Francesco Bujman y Camila Meller.

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