El silencio que sigue ahí
El ruido de Once parece no terminar nunca. Los colectivos pasan uno detrás del otro, los autos avanzan con dificultad entre el tránsito y las personas caminan rápido, muchas veces sin levantar la vista del celular. Los vendedores ambulantes ofrecen sus productos desde las veredas y las conversaciones se mezclan con el sonido constante de la ciudad. Todo parece moverse al mismo tiempo. Sin embargo, en medio de ese movimiento permanente, existe un lugar donde el ritmo cambia por completo. Llegamos al santuario de Cromañón durante una tarde fría y nublada. El cielo estaba cubierto de nubes grises y el suelo aparecía cubierto por hojas secas que el viento arrastraba de un lado a otro. Mientras caminábamos por el barrio, nada parecía mostrar que a pocos metros nos encontraríamos con un espacio tan distinto al resto. A medida que nos acercábamos, el ruido seguía estando presente, pero nuestra atención comenzó a dirigirse hacia otro lado. Lo primero que vimos fueron los paneles llenos d...