Un cementerio tan conocido como sus muertos
Aquella tarde de mayo del 2026, cuando el frío se asomaba y acechaba la Ciudad de Buenos Aires, cada chica llegaba por su cuenta al punto de encuentro. Por un lado, las Sofis fueron en el famoso 110 hasta Las Heras. Por el otro, las Jazes arribaban a la Facultad de Derecho tras haber viajado en subte desde Malabia y combinar la gran línea de subte B con la H en la estación Pueyrredón. Cuando ellas subieron las escaleras que las conducían a las calles, se asombraron por la gran presencia que ocupaba la reconocida y significante Facultad. Allí se quedaron admirando desde arriba del puente de Recoleta.
A continuación las Jazes se dirigieron directo al cementerio donde se encontraron con la otra dupla. En el lugar de los hechos, al momento de ingresar, se encontraron con una problemática que podría cambiar el rumbo de la desafiante aventura. Dentro del establecimiento se requería, para señoritos menores de edad, un acompañante mayor. Como si fuera un milagro, apareció la madre de una de ellas, Marisa, su salvadora en este recorrido. A su lado, se dirigieron a la entrada del establecimiento y se acercaron a la pequeña recepción en la cual se encontraba una señora, quien muy amablemente solicitó el Documento Nacional de Identidad de cada una de ellas.
Mientras se encontraban en aquella recepción, a las visitantes les atrajo el cartel a su izquierda, en el cual se detallaban los montos de las visitas para aquellos turistas extranjeros que realizaban su recorrido por el país. Toda persona argentina tiene el paso gratuito al conocido cementerio, dejando así a la persona de otra nacionalidad abonando un monto de entre ocho mil pesos y veinticuatro mil pesos. En el cartel llamativo aclaraba que la paga debía ser en moneda nacional, sin excepción alguna.
En el momento de ingresar al lugar, las estudiantes comenzaron una serie de investigaciones acerca de la necrópolis. Hallaron cierta información sobre el espacio a visitar. Este se ubica en el adinerado y lujoso barrio de la Recoleta, y su nombre proviene de aquel convento de los monjes recoletos, del que formaba parte la vecina Basílica Nuestra Señora del Pilar. En donde estaba ubicada la huerta de ellos se construyó el famoso sitio.
Su proyecto concluyó en 1822 y se convirtió en el primer cementerio público de Buenos Aires. Su diseño fue ideado por el ingeniero francés Próspero Catelin. A fin de siglo se convirtió en el barrio de los muertos preferido por la clase alta de la ciudad. Hoy en día se encuentran muchas personalidades famosas como ex-presidentes, escritores, empresarios.
Para sumar a la investigación, este es el más turístico de la Capital Autónoma y Federal, debido a sus numerosos monumentos y sus tumbas, en las cuales los difuntos más conocidos, como Eva Perón, están descansando. Esta última es muy visitada por sus admiradores. Su arquitectura resulta llamativa: refleja los tiempos de prosperidad económica del país, y cuando las familias más importantes de la población rivalizaban por construir la mejor casita para las tumbas. Las construcciones de los arquitectos están compuestas con mármoles y esculturas.
Al momento en el que pusieron un pie sobre el misterioso Cementerio, las chicas se adentraron a un mundo nuevo. Las vibras del ambiente tomaron un rumbo diferente y sentían que algo había cambiado en el aire. El cielo sumamente repleto de unas nubes grises como el plomo y el fuerte viento que soplaba y volaba sus bellas cabelleras no favorecía la tenebrosa visita. El espacio era un lugar nuevo y desconocido para todas ellas; tanto para las Sofis como para las Jazes. El clima no cooperaba y las grandes infraestructuras producían terror e inseguridad. Se sentía como si se hubiesen trasladado a otra ciudad sin igual. Sin embargo, no estaban a más de veinte minutos de distancia de sus hogares.
A pesar del fuerte sentimiento de incertidumbre, las tocayas continuaron con su rumbo. Mientras sus pies iban avanzando, junto a las raras sensaciones que estaban transitando, las acechaban las inigualables infraestructuras con las que contaban las tumbas. La mayoría poseían nombres familiares, en su mayoría de gobernadores políticos del pasado lejano que se suelen escuchar en las clases de Historia, las cuales en su momento estaban lejos de relacionarse con el terror, y ahora tenían un nuevo significado. Entre ellos estaban Alvear, Mitre y Dorrego. Sin embargo, la variedad estética que exhibían las tumbas era lo que más les llamaba la atención. Había algunas que, a pesar de tener nombre desconocido, podían llegar a ocupar medio bloque. ¿Qué familia podría invertir tanto dinero en un homenaje para alguien que ya pasó al otro plano? Algunas de estas tenían estatuas, otras estaban rotas por dentro, otras mostraban la religión que tenía la persona que ya no está, otras tenían su foto, y por su parte otras eran bloques de cemento enormes. Personas excelentemente conmemoradas.
Una de las famosas leyendas urbanas que cruzaron fue la del canino, quien nace de una historia conmovedora. Liliana Crociati falleció en su luna de miel y sus padres le hicieron una tumba donde colocaron cosas de su habitación. Además, pusieron una estatua en la entrada con el vestido de novia con el que la enterraron. Estaba acompañada por su perro, el cual también se encuentra junto con ella en la estatua. Unos de los casos relacionados más conocidos fue el de David Alleno quien cuidaba a la visitada previamente, y había ahorrado para lograr realizar su tumba en ese sitio.
Por su parte, la Dama de Blanco es una de las biografías más espeluznantes y llamativas del cementerio. Luz María falleció en 1915 con poca edad. Por la locura y el dolor de la pérdida, su madre permaneció la noche en la cripta llorando, donde un hombre la encontró, se enamoró, y la invitó a salir. Ella dijo que se llamaba como su hija. Cuando marcaron las 00.00, ella se dio cuenta de que era tarde: la hija se apoderó de ella al haberle robado el nombre, y desapareció. El muchacho la buscó hasta que la encontró: en la tumba se hallaba la mujer que amaba junto con un saco que ella había manchado con café.
Los cementerios son esos lugares en los que ninguna persona quiere estar ni quedarse. Son lugares de escalofríos, muy solitarios. Para las chicas también era así, pero, sin embargo, todos quieren conocer el de Recoleta. El día nublado acompañaba el paisaje. Este sitio es “el cementerio tan conocido como sus muertos”, donde todos quieren ir y estar. Parece una contradicción, la necrópolis da miedo, no a todos les gusta ir ni permanecer mucho tiempo, pero acá, en este lugar en específico, todos quieren curiosear.
Jazmín Bryner, Jazmín Hazan, Sofía Tkatch y Sofía Witzman
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