¿Es posible amar sin ilusionarse?
Como individuos no podemos evitar amar y ser amados. Cuando amamos creamos estándares y pretendemos que nuestro objeto de deseo responda a ellos. Estamos siendo constantemente decepcionados por las cosas que esperamos que la otra persona haga y no hace, sin darle importancia a lo que sí está haciendo. Todo se convierte en un campo de interpretación constante donde lo que falta pesa más de lo que está. Acciones mínimas que interpretamos como signos de amor o desamor, nos dan esperanzas o nos las quitan, signos que podrían no serlo.
¿Cómo hacemos para amar sin decepcionarnos?
Escribir un mensaje esperando una respuesta específica, para luego leer otra contestación se vuelve un ejemplo perfecto de cómo la ilusión se entrelaza con el amor. No importa lo que el otro haya dicho, sino lo que nosotros queríamos escuchar. Esa distancia entre la expectativa y la realidad es la que produce el golpe de la decepción. Sin embargo, sin esa expectativa no habría emoción. ¿Cómo sostenemos un vínculo si no proyectamos en el otro un papel que aún no tiene? Imaginamos escenas completas, ficciones que podrían nunca pasar, pero que alimentan nuestro deseo. Un like en una historia de Instagram es apenas un gesto mínimo, vacío, pero para el que ama puede significar desvelarse toda una noche imaginando un posible futuro compartido, una vida soñada con el otro amado. Esa manera de interpretar los signos es totalmente engañosa, y aun así sostiene nuestra experiencia amorosa.
Recibir un “te quiero” y después un “no quiero nada serio” muestra bien las idas y vueltas en las que nos mete el amor. Ninguna de esas frases asegura nada, pero igual nos aferramos a ellas como si fueran señales claras. La ilusión hace que elijamos quedarnos con lo que nos da esperanza y dejar de lado lo que nos recuerda la pérdida. Eso demuestra que el amor no es un lugar de certezas, sino una interpretación constante de gestos y palabras que se contradicen. Sin ilusión, todo sería plano, directo, sin doble sentido, sin expectativa, sin juego; pero en ese caso también sería imposible amar. La ilusión es lo que nos mantiene en el juego del amor, incluso cuando la realidad nos muestra lo contrario.
Ese mismo movimiento de aferrarnos a lo que queremos creer, aun cuando la realidad parece contradecirlo se puede relacionar con la figura que Roland Barthes llama “abismarse”. Amar es dejarse llevar por un deslumbramiento que puede ser tan intenso como abrumador, porque en el amor perdemos todo control sobre lo que sentimos. Esta falta de control se manifiesta en la ilusión: proyectamos expectativas, interpretamos gestos mínimos y nos aferramos a señales normales, construyendo deseos que muchas veces la realidad no confirma.
En el relato “Huevos revueltos", la narradora se encuentra justamente en ese lugar, todo lo que observa en la casa del hombre se convierte en una confirmación de amor. El orden de la cocina, la heladera llena, los amigos que la trataron bien, nada de eso asegura un vínculo sólido, pero ella lo interpreta como prueba de perfección. “Me tengo que pellizcar para asegurarme de que esto no es un sueño porque no puedo creer que seas tan perfecto”, dice, dejando claro que ya no puede distinguir entre lo real y lo imaginado. Su ilusión es tan fuerte que incluso cuando se topa con lo más perturbador (la cabeza de una mujer en la heladera) no abandona su delirio. Prefiere pasar por alto el hecho de un posible asesinato antes que renunciar a la fantasía que la sostiene.
Esa misma lógica se refleja en la forma en que interpretamos las palabras de afecto, como el “te amo”. Barthes señala que esta frase funciona como un signo confuso ya que no es una confesión definitiva, sino un gesto que necesita repetirse para sostener su valor. En los vínculos amorosos, cada “te amo” alimenta la ilusión por un tiempo, hasta que el silencio amenaza con destruirla. En la práctica, esto se ve también en gestos más cotidianos como cuando un “te quiero” puede generar esperanza, mientras que al día siguiente un “no quiero nada serio” la destruye.
Un ejemplo claro se observa en el corto No me ama, donde el protagonista espera constantemente un “te amo” de su pareja mientras ella le demuestra su afecto de infinitas maneras, sin decir exactamente lo que él desea escuchar. A pesar de todas las acciones que ella realiza para mostrar su amor, él se enfoca únicamente en la frase que falta y se muestra angustiado, frustrado e inseguro. Este caso evidencia cómo la ilusión dirige nuestra interpretación de los signos, lo que sostiene el vínculo no es la realidad de lo que la otra persona hace, sino la expectativa de lo que queremos escuchar. “Y cuando alguien ama tiene la necesidad imperiosa de decirlo y no voy a creer que me ama pero no le hace falta decirlo”. Así, el amor se construye en gran medida sobre signos dudosos y sobre la capacidad de mantener la ilusión, incluso cuando la evidencia concreta contradice nuestras expectativas.
Esa misma lógica de aferrarse a lo que queremos creer, aun cuando la realidad parece contradecirlo, se refleja también en los celos. Si amar lleva a crear expectativas y sostener ilusiones, cualquier señal (real o imaginada) de que nuestro amor podría no ser exclusivo genera inseguridad. Barthes señala que los celos nacen de la creencia de que la persona amada podría preferir a otro, no se necesita evidencia real, solo con un silencio más largo de lo normal, un gesto dudoso o una acción mínima que interpretemos como amenaza. Los celos son, así, la versión negativa de la ilusión, muestran cómo nuestras expectativas y proyecciones generan emociones muy intensas, aunque inestables y frágiles.
En el corto "No me ama” el protagonista tiene miedo que su pareja pueda enamorarse de otra persona, como un hippie que conocen en sus viajes, simplemente porque ella no le dice el “te amo” que él espera. A pesar de todas las formas en que ella le demuestra su afecto, él se centra únicamente en la frase que falta, proyectando miedo y celos sobre situaciones que objetivamente no ponen en riesgo la relación. Este ejemplo evidencia cómo la ilusión y los celos están profundamente conectados: lo que nos mantiene emocionalmente invertidos en una relación no siempre es la realidad de lo que la otra persona hace, sino nuestra interpretación de lo que creemos necesitar escuchar o percibir para sostener nuestra seguridad dentro de la relación.
Muchas veces nos encontramos identificando similitudes de nuestras situaciones amorosas con las canciones de amor que escuchamos, ese es un claro ejemplo de cómo la música puede reflejar y profundizar las experiencias emocionales que describí en el ensayo. Una canción que explora la ilusión, la expectativa y la confusión en el amor es la canción “Nosotros” de Babasónicos. La letra expresa cómo los sentimientos pueden ser contradictorios y cómo las acciones y palabras de la pareja no siempre coinciden con lo que deseamos escuchar o percibir, generando confusión y vulnerabilidad emocional. En la canción, se expresa “Algo pasa entre nosotros dos y no quiero entusiasmarme con palabras”. Esta frase refleja el temor a que suceda lo que mencione anteriormente en el ensayo “Ninguna de esas frases asegura nada, pero igual nos aferramos a ellas como si fueran señales claras”. Además, la letra “Ya no hago más que especular mejor sería demostrártelo” muestra cómo la falta de certezas lleva a la especulación constante, una característica de la ilusión amorosa. Por lo tanto “Nosotros” evidencia cómo el amor se sostiene en gran medida sobre signos dudosos y la capacidad de mantener la ilusión, incluso cuando la realidad concreta contradice nuestras expectativas.
Amar implica inevitablemente ilusionarse y proyectar expectativas sobre el otro, incluso cuando la realidad no las confirma. La ilusión sostiene el vínculo, pero también genera vulnerabilidad, inseguridad y celos, como muestran el corto No me ama, la canción “Nosotros” de Babasónicos y el relato “Huevos revueltos”, donde la protagonista interpreta cada gesto y detalle como prueba de amor, sin certezas reales. Palabras como el “te quiero” o el “te amo” funcionan más como signos que alimentan la esperanza que como garantía, y la ausencia o contradicción de estas señales provoca angustia. Así, el amor se presenta como un terreno de incertidumbre donde la capacidad de mantener la ilusión se vuelve esencial para sentir, desear y permanecer conectado, a pesar de las decepciones.
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