Plaza de mayo: Turistas y conciudadanos

 La plaza de mayo se encuentra, como todos los días, llena de turistas y propios ciudadanos del país. 

Es viernes 22 de mayo, la plaza se viste de celeste y blanco. Se acerca el aniversario de la histórica gesta del 25. El sol pega sobre el verde de la hierba y los ciudadanos demuestran el orgullo por su patria. 

Vestidas de celeste y blanco, las calles están pintadas de escarapelas y banderas simbolizando nuestro hogar. Alegría, exaltación, y clamor: el sonido de los colectivos, de la multitud, saturan las calles de la ciudad. 

Uno de los espacios más antiguos de la ciudad, la Plaza de Mayo, es escenario de la mayoría de los acontecimientos políticos más importantes de la Historia argentina.

Su nombre, originado de la Revolución del 25 de Mayo de 1810, la cual ocurrió en esta misma plaza, dio inicio a la gesta de la independencia argentina, a partir de la cual se comenzó a elegir una forma de gobierno propia. 

Este espacio de Buenos Aires es también el lugar donde fue fundada por segunda vez la Ciudad, el 11 de junio de 1580 por Juan de Garay, con el nombre de Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre. Alrededor de esta plaza fue creciendo la urbe, hasta que se convirtió en el centro político del país.

Siempre está llena de lenguas, desconocidas y conocidas, ya que se escuchan en esta plaza susurros de turistas y ciudadanos como pasajeros en un bondi, con distintos lentes fotográficos desde los cuales mirar. Cada persona tiene su propia perspectiva, su propio cristal que le hace entender la plaza de una forma distinta. 

Un turista venezolano, radicado en Chile, visita la Plaza de Mayo junto a su familia y amigos, llevado por la curiosidad y las ganas de visitar uno de los lugares más importantes de la  República Argentina.

Desde la mirada venezolana, el cristal es verde y lleno de luz. Se refleja una buena sintonía por parte de los ciudadanos. La edificación moderna, ordenada, limpia, brinda un sentido de calma y amabilidad. 

Según este turista, se genera un sentimiento de conmoción para quien la observa por primera vez. La gran amplitud del lugar y el movimiento de todas las personas transmiten también una sensación de convivencia y de respeto por el espacio público.

En lo que respecta al espacio, es de gran importancia en un sentido cultural, de perseverancia entre los civiles por perseguir su independencia, y enfrentar la opresión.  

La Plaza de Mayo es un punto de encuentro entre el pasado y el presente, a través de sus monumentos, edificios y acontecimientos históricos. 

Dos compatriotas disfrutaban de unos mates y unas buenas facturas al aire libre,  contemplando las vistas hacia la Casa Rosada, la pirámide de Mayo y la gran cantidad de turistas que rondaban por allí. Así pasaban tiempo de calidad, como buenos ciudadanos argentinos, encarnando la importancia social de un símbolo tan nuestro como el mate. 

Desde la mirada nacional, el cristal está manchado de celeste y blanco. Remontándonos hacia una época llena de historia, fundamental para la Argentina, está ese espacio muy argento, muy nuestro. Fue este punto testigo de hitos en el desarrollo de nuestro país, como la dictadura, cuando las Abuelas y Madres de Plaza de mayo iban y reclamaban por las vidas de los hijos y nietos desaparecidos. 

Este lugar, lleno de verde, cuidado puro, transmite alegría y una sensación de pertenencia. Al estar allí, sentados observando, se siente una belleza que va más allá de lo que se ve. Tiene que ver con esta carga de significaciones que conlleva esta ubicación, donde no es solo una plaza, sino un sinónimo de origen, identidad, igualdad y desarrollo. 

Frente a la idea de que se reiteran los hechos ya ocurridos en este país, donde la identidad argentina se ve derrocada por otra nación, atentando contra esa sensación de patria que cada ciudadano argentino trae dentro suyo, no hay duda de que los movimientos, las revoluciones y los reclamos volverían a florecer dentro de cada alma argentina. 

La unión que la sociedad argentina trae consigo no es como cualquier otra. A pesar de las diferencias políticas, sociales, económicas y culturales; cuando se trata de la identidad argentina, no hay partidos, clases, o culturas que puedan superar al pueblo argentino.

Si volvieramos en el tiempo, a esos momentos de angustia, represión y difamación, se podría observar al pueblo como un anonimato, sin nombre, ni identificación.

Durante la época de la Revolución de Mayo de 1810, la Plaza funcionaba como DNI de cada una de estas personas, respaldando la idea de que la nación argentina debía ser defendida. 

Esta plaza influyó profundamente en los ciudadanos como espacio político, comercial y social. Más que nada, como lugar de encuentro entre pueblo y poder político. Civiles celebraron, protestaron y participaron en la historia del país, logrando un símbolo de la participación ciudadana y democrática argentina.

Allí se reunían vecinos, comerciantes, militares y funcionarios para informarse sobre noticias y para discutir diferentes sucesos que atravesaba el Virreinato del Río de la Plata. El pueblo se vio dividido entre quienes deseaban mantener la autoridad española y quienes deseaban un gobierno propio. Fue un espacio que permitió hacer visibles las demandas frente a las autoridades, también fortaleciendo el sentimiento de pertenencia y ciudadanía en los argentinos.

En el día de la fecha, se podría decir que se sintió como una máquina del tiempo, se observaban personas protestando por aquí y por allá. Entre ellas se escuchaban reclamos y voces que buscaban hacerse oír. Carteles, bombos, expresiones que manifiestan cada una de los puntos de vista. 

Cada elemento que estaba allí contaba con un significado detrás, un cartel con un nombre, un cartel con una frase, bombos que hacen resonar su sonido llamando la atención de los presentes y los que no están. La gente expresándose, elevando su voz, para hacerse escuchar. 

Entre el montón, se destacaba un ciudadano fundamental para la difusión del mensaje que busca cada manifestación: un fotógrafo. El fotógrafo, un hombre dedicado a la causa, que brinda sus conocimientos para hacer llegar cada mensaje a los ciudadanos y autoridades. 

Con cada foto, con cada lente, hay otro sentido. Desde personas manifestándose, hasta el derecho de cada uno de expresarse. 

Desde su mirada, la plaza tiene una función fundamental ante la sociedad argentina. Cumple con un rol donde la gente la ve como un espacio donde puede ir y movilizarse. 

Específicamente, nuestro entrevistado afirma “...está convocatoria está vinculada a la Semana de mayo y la plaza tiene un gran significado histórico para todos nosotros, muy importante…Por eso la gente trae sus reclamos acá, porque justamente es como la sede de todas estas movilizaciones populares. ”

El 22 de abril, la movilización de sindicatos de la educación alzaba su voz ante la idea del ajuste en el presupuesto de las universidades, que genera preocupación, y angustia en cada docente y estudiante de la nación. 

El viaje de nuestra identidad comienza en el barro de mayo de 1810, con la destitución del Virrey Cisneros. En este nacimiento de la patria, la plaza funciona como el DNI del pueblo, el espacio político fundacional, donde los ciudadanos validan su derecho a elegir un destino propio.

El tiempo avanza y se detiene en el calor del 17 de Octubre de 1945. Aquí la plaza se transforma en el escenario de la conquista social, el punto de encuentro definitivo, entre el poder político y los trabajadores, quebrantados en una jornada trágica, la del 16 de junio de 1955, cuando las bombas arrasaron el lugar llevándose la vida de cientos de inocentes.

Pronto la luz se vuelve gris, en los años oscuros de la dictadura. Frente a la represión, la plaza se convierte en un refugio de resistencia y memoria, sostenida por el andar circular y pacífico de los pañuelos blancos de las Madres y Abuelas.

El ritmo se vuelve caótico al llegar a diciembre de 2001. Entre el humo, las cacerolas y el estallido social, la plaza asume el rol de termómetro del descontento popular, el lugar donde el pueblo exige un cambio rotundo.

La historia nos trae de golpe al presente, un 22 de mayo vestido de celeste y blanco. Entre dos compatriotas que comparten mates y facturas y una familia venezolana, que mira con asombro, la plaza ejerce su rol de espacio cultural y turístico, donde la cotidianidad local y el respeto conviven en armonía.

Pero la calma da paso a la manifestación repleta de bombos y carteles. Allí, bajo el lente del fotógrafo, los docentes alzan su reclamo, demostrando que la plaza reafirma su rol como sede indiscutida de las movilizaciones populares y la democracia.

El cristal con el que se mire este suelo puede cambiar, pero la postal final es nítida: la plaza de Mayo no es solo un punto geográfico. Es una máquina del tiempo viva donde el pasado y el presente se abrazan, recordándonos que, cuando la identidad ruge, el pueblo argentino siempre vuelve al mismo lugar para hacer florecer la libertad.

        
                                        Julieta Atalef, Marcelo Candal, Iara Wainszelbaum y Matías Romano

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