El silencio que sigue ahí

 El ruido de Once parece no terminar nunca. Los colectivos pasan uno detrás del otro, los autos avanzan con dificultad entre el tránsito y las personas caminan rápido, muchas veces sin levantar la vista del celular. Los vendedores ambulantes ofrecen sus productos desde las veredas y las conversaciones se mezclan con el sonido constante de la ciudad. Todo parece moverse al mismo tiempo. Sin embargo, en medio de ese movimiento permanente, existe un lugar donde el ritmo cambia por completo.

Llegamos al santuario de Cromañón durante una tarde fría y nublada. El cielo estaba cubierto de nubes grises y el suelo aparecía cubierto por hojas secas que el viento arrastraba de un lado a otro. Mientras caminábamos por el barrio, nada parecía mostrar que a pocos metros nos encontraríamos con un espacio tan distinto al resto.

A medida que nos acercábamos, el ruido seguía estando presente, pero nuestra atención comenzó a dirigirse hacia otro lado. Lo primero que vimos fueron los paneles llenos de fotografías. Cientos de rostros observaban desde ahí, alineados uno junto al otro como si formaran un enorme álbum familiar abierto en plena calle. Cada fotografía representaba una historia, una familia y un proyecto de vida que quedó interrumpido demasiado pronto. Así le pasó a Nadia Sarnacchiaro, quien nos brindó su testimonio para esta crónica. 

Nos detuvimos varios minutos frente a esas imágenes. Algunas personas caminaban alrededor del lugar en silencio, mientras otras simplemente pasaban de largo. Esa fue una de las primeras cosas que nos llamó la atención: el contraste entre la memoria y la vida cotidiana. A pocos metros había personas comprando, hablando por teléfono o esperando el colectivo. La ciudad seguía funcionando normalmente alrededor de un espacio construido para recordar. Nadia nos contó que, al principio, le costaba pasar por ahí ya que le daba miedo la oscuridad. 

Mientras recorríamos el santuario, comenzamos a observar detalles que al principio habían pasado desapercibidos. Había flores secas apoyadas contra las paredes, dibujos hechos a mano, nombres escritos en placas y pequeños homenajes dedicados a distintas víctimas. En uno de ellos aparecía la fotografía de Emiliano Giralt, rodeada de flores y colores azules. Debajo podía leerse una frase sencilla, pero que nos hacía caer en la realidad: “Sembrar la memoria”. Esa frase quedó resonando en nosotros durante toda la visita.

La memoria parecía estar presente en cada rincón del lugar. No solamente en las fotografías o en los nombres escritos sobre las paredes, sino también en los objetos más pequeños. Una flor, una carta, una zapatilla colgada o un dibujo podían transformarse en una forma de recordar.

Lo que más nos sorprendió fue la sensación que transmitía el lugar. Aunque alrededor seguían pasando colectivos y autos, frente al santuario se sentía una especie de silencio invisible. No era la ausencia de ruido, sino algo más difícil de explicar. Era como si el lugar obligara a hablar más despacio y a mirar con más atención.

Incluso nosotros nos sentimos incómodos durante los primeros minutos. No porque alguien nos hiciera sentir así, sino porque sentíamos que estábamos entrando en un espacio muy importante para todos nosotros. Sacar fotografías, observar los homenajes o leer algunos mensajes escritos por familiares nos hacía sentir una mezcla de curiosidad, respeto y tristeza.

A medida que avanzábamos por el recorrido, empezamos a notar otros elementos que hacían único al lugar. Había murales, esculturas y espacios verdes cuidadosamente mantenidos. Las plantas crecían alrededor de los paneles con fotografías y aportaban algo de color entre tantos tonos grises. Ese detalle nos llamó particularmente la atención.

Esperábamos encontrar únicamente tristeza, pero encontramos algo más complejo. El lugar transmite dolor, pero también transmite memoria, cuidado y permanencia. Las plantas parecen resistir el paso del tiempo de la misma manera que la memoria resiste el olvido. Era imposible no pensar en eso mientras observábamos los canteros celestes rodeando las fotografías.

Por momentos, el santuario se parecía a una herida abierta en medio de la ciudad. Una herida que no desaparece porque recordar también forma parte de sanar. Mientras todo alrededor cambia constantemente, ese espacio permanece allí recordando lo que ocurrió.

También observamos el edificio donde funcionó Cromañón. Su fachada se veía desgastada por el tiempo, pero seguía imponiendo respeto. Frente a él, las fotografías de las víctimas parecían formar un diálogo silencioso entre el momento de la tragedia y el presente.

Las paredes del lugar conservan muchas intervenciones artísticas. Algunas contienen dibujos, otras, frases y otras, simplemente símbolos. Nada parecía estar puesto al azar. Cada elemento tenía una intención. Cada imagen parecía contar una historia diferente.

En una de las paredes vimos una intervención formada por zapatillas. Ese detalle nos impactó especialmente. Las zapatillas suelen asociarse con movimiento, juventud y vida cotidiana. Sin embargo, ahí estaban inmóviles, transformadas en un símbolo de memoria. Fue imposible no detenernos a observarlas durante varios minutos. 

Mientras continuábamos caminando, sentimos que el lugar planteaba preguntas difíciles. ¿Cómo recordamos una tragedia que impactó en una sociedad entera? ¿Qué sucede cuando pasan los años? ¿Es posible olvidar algo así?

No encontramos respuestas definitivas, pero sí encontramos señales de que muchas personas siguen intentando mantener viva la memoria.

Las fotografías son quizás el ejemplo más claro. Cada rostro parece resistirse al paso del tiempo. Aunque los años sigan avanzando, esas imágenes continúan allí observando a quienes pasan frente a ellas todos los días.

Otro aspecto que nos llamó la atención fue la convivencia entre el pasado y el presente. Los edificios modernos aparecen detrás de los homenajes. Los colectivos circulan normalmente por las calles cercanas. Las personas siguen con sus rutinas. Sin embargo, el santuario permanece como un recordatorio constante de algo que forma parte de la historia reciente de nuestro país.

A medida que la tarde avanzaba, el cielo comenzó a despejarse ligeramente y algunos rayos de sol iluminaron partes del recorrido. Las fotografías, los murales y las flores pudieron tener entonces una apariencia diferente. Durante unos segundos, el lugar pareció menos oscuro. 

Fue en ese momento cuando entendimos algo importante: Cromañón no es solamente un sitio donde ocurrió una tragedia. También es un espacio donde muchas personas siguen construyendo memoria.

La memoria no aparece únicamente en los aniversarios o en los actos conmemorativos. También aparece en los pequeños gestos cotidianos. En una flor dejada por alguien que pasó por allí. En una fotografía conservada durante años. En una frase escrita sobre una pared. En una visita como la nuestra.

Antes de irnos, volvimos a recorrer el santuario una vez más. Miramos nuevamente los rostros, los homenajes y los distintos espacios que habíamos observado durante la tarde. El lugar seguía transmitiendo la misma sensación que al llegar: una mezcla de silencio, respeto y reflexión.

Cuando finalmente nos alejamos, el ruido de Once volvió a ocupar toda nuestra atención. Los colectivos seguían pasando, los vendedores seguían trabajando y las personas continuaban caminando apuradas. La ciudad seguía siendo la misma.

Sin embargo, nosotros ya no la veíamos igual.

Después de recorrer el santuario entendimos que algunos lugares conservan historias que se niegan a desaparecer. Como las raíces de un árbol que permanecen bajo la tierra aunque no podamos verlas, la memoria sigue presente incluso cuando el tiempo pasa. 

Y quizás esa sea la función más importante de este lugar: recordarnos que detrás de cada fotografía hay una vida, una historia y una ausencia que todavía sigue formando parte de la ciudad.   

Y como dijo Callejeros, creemos que esta estrofa representa mucho la tragedia de Cromañon.

“Hoy sigo llorando

Pero por vos, luchando

Para que tu esencia

No desaparezca” 

Por eso sabemos que HOY y siempre debemos seguir luchando y recordando a los que se perdieron de una vida entera. Porque si bien ya hay justicia, la herida nunca cerrará.


                        Jaqueline Gómez, Flor Rowensztein, Alma Winner y Ciro Benedetto

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